¡Esto no es lo que parece!
1. Imagen y punto de vista: La perspectiva fotográfica
“Trato siempre que es posible de seguir vuestras recomendaciones, de situar el instrumento a nivel del centro del objeto (…)es sin embargo una lástima que los artistas rechacen la idea de la convergencia entre las lÃneas paralelas mientras que esta convergencia existe en la naturaleza y que son sólo las reglas tradicionales del arte las que ella contradice” (SCHAAF 1988)
Con esta afirmación Talbot ponÃa, ya desde el nacimiento de la fotografÃa, el dedo en la llaga de lo que volverá a ser objeto de estudio y controversia muchos años después. Efectivamente, una vez aceptado el estatuto de representación para la fotografÃa, que implica necesariamente su carácter convencional, se acude a criterios de corrección para adecuar la imagen a lo que se esperaba de ella, olvidando ese “teorema casi demostrado” -en palabras de Edgar Allan Poe (POE 1840) - según el cual las consecuencias que acarrea la incorporación de una nueva invención cientÃfica sobrepasan con mucho la imaginación más desorbitada, de manera que lo imprevisto adquiere entonces la máxima importancia.
Asà se introduce como norma reguladora la perspectiva cuando se pretende obtener con la fotografÃa una imagen acorde con el mundo, olvidando al mismo tiempo que esta norma es tan convencional como cualquier otro sistema simbólico y que toda representación, aún la más “fiel”, por el hecho de serlo lleva en sà misma una desfiguración: que cualquier perspectiva correcta implica una anamorfosis; que la naturaleza misma de la perspectiva comporta una especie de esquizofrenia entre objetivo y subjetivo, entre lo racional y lo causal.
En la lÃnea marcada por estos criterios de corrección, residuos de la equiparación entre ojo y cámara, que se esfuerzan por establecer una lÃnea de continuidad entre la fotografÃa y la tradición pictórica renacentista, sorprende entre otros por su pregnancia el que plantea como incorrecto el comportamiento del fotógrafo que deseando representar un edificio acepta, sin ponerles remedio, las aberraciones perspectivistas que su cámara produce. Se ignora con este planteamiento que la fotografÃa contradice la construcción de un espacio racional -infinito, constante y homogéneo-, premisas insoslayables de la perspectiva, al poner en evidencia tanto la imposibilidad de la visión del ojo inmóvil como el error que existe en la concepción de que la reproducción más adecuada de la imagen visual viene dada por la intersección plana de la pirámide visual (PANOFSKY 1991) .
La fotografÃa modifica radicalmente los modos de representación anteriores a su existencia -y la extrañeza que producen las “aberraciones fotográficas” debe considerarse como sÃntoma en este sentido- produciendo un corte en la forma de percibir el mundo sólo comparable al que se produjo, precisamente, con la invención de la perspectiva o, dicho con otras palabras, que “es sólo desde la invención de la fotografÃa que la perspectiva dejó de ser arte” (SCHWARZ 1985) .
2. Imagen y realidad
MÃmesis y realismo: la fotografÃa, en general, influye y trastoca desde el origen todas las teorÃas y discursos que estaban en uso hasta el momento de su invención; pero al mismo tiempo, la manera más habitual de concebir la fotografÃa comparte y alienta prejuicios ancestrales pues ¿qué mejor aval podrÃan haber proporcionado la ciencia y el arte unidos en pro de esa objetividad, que se atiene a los hechos tal y como son, desnudos de interpretaciones y deseos?. AsÃ, el aludido carácter realista de la fotografÃa repite un antiguo mito según el cual el conocimiento es la reproducción exacta, la copia fiel, de la realidad. Conocer, para el realismo gnoseológico más ingenuo, es reproducir fotográficamente (FERRATER MORA 1979) ; por este sesgo, la fotografÃa se confirma definitivamente como modelo de conocimiento y se convierte en “el núcleo esencial de todas las teorÃas representativas, figurativas o de copia de la percepción” (TURBAYNE 1974 (1970)) . Pero si semejante concepción hoy difÃcilmente se sostiene también es algo que la propia fotografÃa se encarga, con su exceso, de desmentir. Si la fotografÃa imita, algo que es sólo aceptable a costa de tener que revisar la noción misma de imitación, desgajándola de sus connotaciones biológicas, psicológicas o sociales más recientes para retrotraerla probablemente a su sentido primigenio, lo hace en un acto de creación de mundos: al representar, la fotografÃa imita en todo caso lo que no está dado. Que la fotografÃa sea la forma más usual, el modo que se ha impuesto históricamente como natural, de representar los objetos, o al menos que lo haya sido hasta el momento, no depende de su capacidad para copiarlos literalmente. La representación, realista o no, en cuanto modo de significación es independiente de la semejanza (GOODMAN 1976) .
Esta creencia, la vinculación de la fotografÃa con la mÃmesis, la más perfecta que hubiera podido darse, enlaza a su vez con otra mucho más profunda, más arraigada, pero no por ello menos errónea: la idea establecida hace mucho tiempo de que el ojo funciona como una camera obscura, un sencillo instrumento óptico utilizado durante siglos tanto para el divertimento como para la observación, el dibujo o la investigación. Aunque las referencias se remontan por lo menos a la China ancestral (HAMMOND 1981) , la primera exposición detallada conocida de un aparato de este tipo proviene del árabe Al Hazen quien describió la cámara oscura hacia finales del siglo X, destacando que él no era su inventor (ALHAZEN 1270) , y la idea de que se puede establecer una correspondencia entre ojo y cámara ha recorrido la historia actualizándose en su nueva edición al comparar el ojo con una cámara fotográfica. Lo que es cierto para la cámara es cierto para el ojo -se ha dicho- y la retina puede asimilarse en comportamiento y composición a una pelÃcula fotosensible. De este modo se consigue que el sistema óptico del ojo humano mantenga una correspondencia biunÃvoca, si bien con serias restricciones, entre el objeto y su imagen retÃnica, formada ésta última sobre la capa nerviosa receptora de la luz (PIRENNE 1974) .
Pero esta correspondencia punto a punto, por deseable y confortadora que pueda parecer en tanto en cuanto establece una conexión experiencial directa con el mundo exterior, presenta serios problemas de comprensión -entre ellos, aunque no es el único, la necesidad de crear un homúnculo que mire desde el interior las imágenes que en el ojo se originen- pero es que, además, la visión a la luz de las últimas investigaciones, desde el ojo, es mucho más compleja de lo que se puede imaginar. El propio proceso de visión implica un proceso de creación, sobre el que influyen tanto los hábitos y convenciones como los prejuicios y la experiencia y difÃcimente puede resolverse por medio de la formación de una sencilla imagen retÃnica.
Cuando vemos objetos fÃsicos somos, en palabras de Turbayne, “creadores o poetas” y no hace falta acudir a concepciones mÃticas del conocimiento o la visión para darse cuenta de la importancia que tiene la fotografÃa en la configuración del mundo. Es en este sentido que la fotografÃa es primordial puesto que “logró que los ojos se acostumbraran a esperar aquello que debÃan ver y, por lo tanto, llegasen a verlo” (VALERY 1939) . Los nuevos modos de ver que proporciona la fotografÃa revelan, de la misma manera que puedan hacerlo las concepciones y teorÃas cientÃficas más novedosas, un desarrollo en la construcción y dominio de nuestros mundos.
3. Manipulación de las imagenes fotográficas
3.1. El caso pictorialista
A un observador poco acostumbrado a tratar con la fotografÃa puede parecerle que en la actualidad, en la era postfotográfica, cuando la mecanización ha tomado definitivamente el mando (GIEDION 1978 (1948)) y la imagen digital tiende a ocupar el lugar que antaño estuviera destinado a la imagen fotográfica, los problemas que se derivan de la incorporación de la técnica en el proceso de representación por medio de una máquina, y probablemente debidos a ella, han caido en el olvido, han sido superados en su totalidad. No obstante, al menos uno de ellos, y no el menos importante, el que se deriva de las expresiones que se utilizaron para caracterizar el invento practicamente en el mismo instante de su aparición, tiene hoy plena vigencia. AsÃ, en frases como “El lápiz de la Naturaleza” o “Un arte sin artista” (FOX-TALBOT 1844-46, FOX-TALBOT 1841 (1980)) habita el germen de uno de los principales focos de controversia, sobre el que probablemente más se ha discutido, en lo que a la fotografÃa se refiere. Dado que la fotografÃa se proclama como el método que permite registrar de forma permanente la imagen visible de un objeto a través de una cámara oscura por acción de la luz o radiación semejante sobre un material sensible, ¿hasta que punto interviene el sujeto en una imagen obtenida de esta manera? y, si lo hace, ¿cuáles deben ser los criterios que rijen esta intervención?. Estas son algunas de las cuestiones que se deducen directamente de las expresiones anteriores y, si bien pueden haber sido olvidadas, precisamente la actividad fotográfica considerada hoy en dÃa como la más actual es el sÃntoma, del mismo modo que una herida mal curada se manifiesta como resto en forma de cicatriz, de que ello no indica que hayan quedado resueltas.
Si se revisan las diferentes propuestas metodológicas que se han venido produciendo a lo largo de la historia de la fotografÃa en lo que se refiere a la enseñanza de esta disciplina, se puede observar que no son demasiados los modelos generales que se han utilizado. Más allá de los propuestos por los manuales de fotografÃa -tanto del siglo XIX como del nuestro- que, básicamente, se concretan en tres tipos diferentes: los que describen una serie de trucos estéticos derivados de la pintura, los manuales meramente técnicos y los que combinan la técnica con una serie de recetas estéticas, hay dos casos aislados que merecen trato especial por su intensidad en la propuesta, por la pregnancia que ésta tuvo en su momento y por sus efectos en el desarrollo de la fotografÃa posterior, extendiéndose hasta nuestros dÃas: el modelo pictorialista y el modelo naturalista.
El primero de ellos fue planteado, en numerosos escritos y en su práctica fotográfica, por Henry Peach Robinson, uno de los fotógrafos más célebres de Inglaterra que dominó el mundo de la fotografÃa artÃstica durante un perÃodo aproximado de treinta años, dando lugar a esa exageración de lo que la fotografÃa piensa de sà misma -según las palabras de Barthes (BARTHES 1982) - que fue la fotografÃa pictorialista . La práctica totalidad de los estudiosos y crÃticos de arte, hasta después de los años cincuenta de este siglo, han utilizado en el análisis de las imágenes fotográficas los planteamientos desarrrollados por Robinson y, de forma más o menos afortunada, sus derivados y secuelas tanto en la dimensión correspondiente a la práctica fotográfica como en lo que respecta a su concepción teórica, se han extendido hasta nuestros dÃas. El planteamiento pictorialista, aún a riesgo de ser poco riguroso, puede resumirse en palabras de Robinson: “una fotografÃa pura y simple nunca puede ser una obra de arte” (ROBINSON 1898)
3.2. El caso naturalista
Barcelona, 1996
Referencias bibliograficas
PANOFSKY, E.: La perspectiva como forma simbólica. 6ª ed., Barcelona: Tusquets Editores, 1991. El ensayo parte de la definición de la perspectiva dada por Durero y recorre en su desarrollo desde la antigüedad hasta la época moderna, tratándola como problema al mismo tiempo matemático y artÃstico. Original: Die Perspektive als Symbolische Form. “Vorträge der Bibliothek Wasburg” hgr. von Fritz Saxl. Vorträge 1924-1925. B.G. Teubner, Leipzig-Berlin. 1927.
POE, E. A.: “The Daguerreotype.” In Alexander’s Weekly Messenger, 1840.
SCHAAF, L. J.: “L’amour de la lumière: Herschel, Talbot et la photographie”, en M. D. P. PHOTOGRAPHIQUE (ed.): Les Multiples Inventions de la Photographie. 119-126. Cerisy-La-Salle: Ministère de la Culture, de la communication, des grands travaux et du bicentenaire, 1988. Coloque de la Direction du Patrimoine. Mission du Patrimoine Photographique. Cerisy-La-Salle, 29 de Setiembre-1º de Octubre de 1988.
SCHWARZ, H.: Art and Photography. Forerunners and Influences. Rochester, New York: Visual Studies Workshop Press & Gibbs M. Smith Inc., Layton, 1985.
ALHAZEN (Ibn. Al-Haizam): Opticæ Thesaurus Alhazeni libri vii. Basilæ: 1270. Traducción al latÃn del original en árabe.
DAGUERRE, L. J. M.: “Daguerreotype”, en A. TRACHTENBERG (ed.): Classic Essays on Photography. New Haven: Leete’s Island Books, 1980 (1838). “the DAGUERREOTYPE is not merely an instrument which serves to draw Nature; on the contrary it is a chemical and physical process which gives her the power to reproduce herself” (p.13).
FERRATER MORA, J.: Diccionario de filosofÃa. Madrid: Alianza diccionarios, 1979.
GARRONI, E.: Proyecto de semiótica. Barcelona: Gustavo Gili, 1973.
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PIRENNE, M. H.: Optica, perspectiva y visión en la pintura, arquitectura y fotografÃa. Buenos Aires: Victor Lerú, 1974.
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ROBINSON, H. P.: Pictorial Effect in Photography. Being Hints on Composition and Chiaroscuro for Photographers. London: Piper & Carter, 1869. Se trata de un volumen profusamente ilustrado con grabados de pintores y con tres copias fotográficas (dos utilizando el procedimiento de la fotografÃa al carbón y una a la albúmina). Al final del libro aparece un capÃtulo sobre “Combination Printing”. Se hicieron trece ediciones, incluyendo dos publicadas en USA y traducciones al francés y al alemán.
