Un precursor del paso universal

“La figura estereoscópica no nos ahorra nada; todo debe estar allí, cada palo, cada brizna de paja, cada arañazo, tan auténtico y real como la catedral de San Pedro o la cima del Mont Blanc. El sol no ahorra ni las personas ni las cosas”[1]

Mientras Daguerre realizaba las últimas investigaciones que le permitirían incorporar a la sociedad el medio más avanzado para realizar imágenes, en 1838, Sir Charles Wheatstone exponía ante la Royal Society de Londres [2] una serie de parejas de dibujos lineales de formas geométricas sólidas y en una perspectiva tal que utilizando un instrumento adecuado -un aparato que había sido diseñado por él con dos espejos situados en ángulo recto lo que permitía ver dibujos desde dos ángulos diferentes, lo cual daba una sensación de tridimensionalidad, y al que llamó stereoscopy “…para indicar su propiedad de representar figuras sólidas”, decía- permitía ver dichos dibujos en la perspectiva con que esas formas serían vistas por cada ojo o tal y como nos dice el propio Wheatstone se podría apreciar

«en lugar de una representación sobre una superficie plana (…) una figura de tres dimensiones, la exacta réplica del objeto sobre el que se habían realizado los dibujos» [3]

.Este trabajo ilustrado, que tenía como título “Contribuciones a la fisiología de la visión”, apareció en la revista Philosophical Transactions, que publicaba la propia Royal Society y con este informe se inauguraba un aspecto de la representación que, desde luego no era nuevo, dado que la disparidad binocular -y de eso hablaba precisamente el subtítulo: “Sobre algunos fenómenos destacables y sin embargo inobservados de la visión binocular”- o con otras palabras la constatación de que cada ojo ve una imagen ligeramente diferente, había sido un fenómeno familiar desde la antigüedad -Kepler y Descartes se habían referido al hecho de que las sensaciones musculares derivadas de la convergencia de los ojos en la visión binocular debía jugar un papel importante en la medición de las distancias a las que se encontraban los objetos-. No obstante, Wheatstone fue el primero en proponer que el sensorio humano podía entender el espacio visual al combinar la información de un par de imágenes bidimensionales, monoculares. Wheatstone escribió:

“Al quedar así establecido que la mente percibe un objeto de tres dimensiones por medio de dos imágenes diferentes proyectadas sobre las dos retinas, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿Cuál sería el efecto visual de presentar simultaneamente a cada ojo, en lugar del objeto mismo, su proyección sobre una superficie tal y como ésta se le aparece al ojo?”[4]

Desde su invención el estereoscopio fue una herramienta preciosa para el estudio de la visión y no cabe duda que el estudio y desarrollo de determinadas características de la visión debían cobrar dimensiones insospechadas desde el momento de la invención de la fotografía. Probablemente a esta circunstancia se deba el que se considere que el intento por obtener imágenes en relieve data de los comienzos de la fotografía hasta el punto que, a menudo, la historia de la estereoscopía se confunde con la de la fotografía, a pesar de que la estructura conceptual de la fotografía estereoscópica y las circunstancias históricas de su invención son completamente independientes de la fotografía.

Las investigaciones de Wheatstone sobre los aspectos mentales de la percepción de la profundidad supusieron una contribución fundamental a la psicología experimental, un campo que comenzaba a ser de suma importancia en las universidades tanto europeas como americanas desde el comienzo del siglo XIX [5]. Y el hecho cierto es que sólo a partir del informe de Wheatstone fue crucial para los científicos definir la visión como algo esencialmente binocular en lo cual estaba implicado el cuerpo. A partir de ese momento se impuso la cuantificación de la diferencia angular de los ejes ópticos de cada ojo, especificando las bases fisiológicas de la disparidad [6]. No obstante, y a pesar del papel crucial que desempeñó en trabajos de laboratorio, sin duda se puede afirmar que al hablar del estereoscopio estamos hablando del entretenimiento victoriano por excelencia, de la forma de imaginería visual más importante del siglo XIX si exceptuamos naturalmente la fotografía. No obstante, es difícil en la actualidad ser conscientes de lo penetrante que fue la experiencia del estereoscopio y de cómo, durante décadas, llegó a definir el modo más importante de experimentar con imágenes producidas fotográficamente. Este instrumento fue discutido en periódicos y diarios, en revistas de arte y en tratados científicos. Todo el ámbito social se asomaba a mirar a través de sus oculares. Ciertamente a Wheatstone no se le ocultaron las dificultades de realización de unos dibujos tan exactos como para producir un efecto de estas características; y de hecho la utilización de dibujos lineales estaba encaminada a facilitar la ejecución pues

«si el sombreado o el coloreado hubieran sido agregados, cabía suponer que el efecto se debiera total o parcialmente a esas circunstancias, mientras que excluyéndolas de toda consideración, no se deja lugar a dudas de que todo el efecto de relieve se debe a la percepción simultánea de dos proyecciones monoculares, una en cada retina. Pero si se quisiera obtener los más fieles parecidos a los objetos reales, pueden emplearse apropiadamente el sombreado y el colorido para subrayar los objetos. Una cuidadosa atención permitiría al artista dibujar y pintar las dos imágenes componentes, con el fin de presentar en la mente del observador, según la percepción resultante, una perfecta identidad con el objeto representado.»[7]

Sin embargo, tal exacto dibujo, por teórico que fuera, también era difícil de conseguir. Con una oportunidad tan precisa que es difícil considerarla como casual, la fotografía aportó los medios para cumplir aquella predicción. Desde el mismo momento en que se dio a conocer la fotografía -aproximadamente seis meses después de la publicación del artículo de Wheatstone- éste instó, según sus propias palabras, a Talbot y a Henry Collen (uno de los primeros en “cultivar el arte del calotipo”) a que realizaran talbotipos estereoscópicos, tanto de cosas inanimadas -estatuas, edificios, etc.- como de retratos de personas vivas [8]. Estas primeras estereofotografías no han sido halladas, pero se sabe que algunas de ellas fueron exhibidas en la Real Academia de la Ciencia de Bruselas en 1841.

Muy pronto, la gran mayoría de los fotógrafos de la época iban a realizar fotografías estereoscópicas, bien de forma exclusiva o bien combinando este trabajo con la ejecución de fotografías monoculares. Aunque diferente de los instrumentos ópticos que representaban la ilusión del movimiento, el estereoscopio formaba parte, si seguimos a Crary en sus planteamientos, de la misma reorganización del observador, de la mismas relaciones de conocimiento y poder, que implicaban los instrumentos anteriores a él.

La fotografía supuso, entonces, un método auxiliar de extraordinaria importancia para el estereoscopio y es probable que sin su colaboración “este aparato no hubiera pasado de ser una simple curiosidad de gabinete de física” [9], dada la dificultad que entrañaba el realizar a mano los dibujos con la visión disociada de cada ojo [10].

Los orígenes del estereoscopio están relacionados con las investigaciones que se realizaban entre 1820 y 1830 sobre la visión subjetiva y más generalmente con el campo de la visión fisiológica del XIX. Las dos figuras claramente asociadas con su invención, Charles Wheatstone y Sir David Brewster, habían escrito de manera extensa sobre las ilusiones ópticas, la teoría del color, las imágenes y otros fenómenos virtuales. Wheatstone fue de hecho el traductor de la mayor disertación de Purkinje en 1823 sobre postimágenes [11] y visión subjetiva, publicada en inglés en 1830. Pocos años después Brewster resumió las investigaciones existentes sobre aparatos ópticos y visión subjetiva.

A pesar de la circunstancia de su aparición y de que los primeros ensayos æprácticamenteæ ya eran fotográficos, sólo a partir de 1850 se produjo su gran difusión y el éxito comercial en América y Europa [12]. Hasta que, en 1849, Sir David Brewster inventó “el estereoscopio Brewster” de tal manera que con su dispositivo se podían ver las imágenes por transparencia o con la ayuda de una luz reflejada, la fotografía estereoscópica no pasó a ser uno de los divertimentos más populares de la alta burguesía. Así lo demuestra la sorpresa del propio Brewster al constatar que habían sido vendidos más de medio millón de aparatos:

«It has been estimated that upwards of half a million of these instruments have been sold (…) Photographers are now employed in every part of the globe in taking binocular pictures for the instrument æamong the ruins of Pompeii and Herculaneumæ on the glaciers and in the valleys of Switzerlandæ among the public monuments in the Old and the New Worldæ amid the shipping of our commercial harboursæ in the museums of ancient and modern lifeæ in the sacred precints of the domestic circle…»[13]

Los primeros intentos de Brewster en este campo datan de 1844, cinco años después de la presentación del daguerrotipo. Brewster, que estaba relacionado con Talbot, Adamson y David Octavius Hill pudo adaptar sus trabajos a la incipiente técnica fotográfica [14]. Al principio, Brewster hacía sus fotografías con una cámara monocular cuyo objetivo se desplazaba horizontalmente sobre una plancheta graduada. A partir de 1849 la sustituyó por una cámara binocular que al obtener sincrónicamente las dos imágenes le permitía realizar retratos estereoscópicos, pero, lógicamente, siempre de objetos o personas inmóviles ya que la mecánica de precisión no había alcanzado el nivel adecuado para fabricar un obturador suficientemente rápido como para “fijar” el movimiento.

Básicamente, el estereoscopio de Brewster era una caja en forma de pirámide truncada. En el extremo superior colocó dos lentes, cada una de ellas con una distancia focal aproximada de 6 pulgadas (una pulgada viene a tener unos 2,5 cm., por tanto la distancia focal de las lentes, en nuestro sistema métrico, era la correspondiente a un objetivo de 150 mm.). En el extremo opuesto había un marco que sostenía dos fotografías, cada una de ellas de un tamaño aproximado de 3X3 pulgadas (7,5X7,5 cm.), montadas una al lado de otra. La base de la caja era de vidrio esmerilado, con lo que las transparencias podían ser vistas con luz refractada, mientras que los daguerrotipos y las copias en papel se veían gracias a la luz que entraba por la abertura de una ventana que tenía una superficie interior plateada. Las lentes tenían forma de cuña, formando prismas, con lo que se dividía la línea de visión y cada imagen era vista en su marco completo, aunque estaban separadas por una distancia mayor que la existente entre las mirillas. Pero el principal inconveniente que se le puede achacar al estereoscopio de Brewster es que el placer que proporcionaba era un placer solitario, no permitía que dos personas disfrutasen de la misma vista al mismo tiempo.

Quizá debido a este inconveniente y a pesar del avance que significó el invento de Brewster, los ópticos londinenses inicialmente no supieron ver en él el lado comercial y se mostraban remisos a invertir dinero y energías en la fabricación de un aparato por el que no sentían el más mínimo interés. De ahí que Brewster se trasladase a Paris, donde el abate Moignot y los ópticos Duboscq y Soleil acogieron sus experimentos. El estereoscopio se fabricó entonces en la empresa Duboscq & Soleil, dedicada a instrumentos ópticos para científicos. Un ejemplar se exhibió en el Crystal Palace de Londres, en el marco de la Exposición Universal de 1851. La propia reina Victoria, que presidía la inauguración, recibió y aceptó como regalo un modelo de lujo lo cual supuso una excelente publicidad para el invento: el estereoscopio estaba definitivamente lanzado y no sólo como instrumento científico y de precisión sino como uno de los artículos de diversión para las familias pudientes.

A partir de entonces, tras los inventos de Wheatstone y Brewster, el óptico inglés J.B. Dancer patentaba en 1856 una cámara con la que se podían hacer fotografías “tridimensionales”. Se trataba de un aparato con dos objetivos que guardaban entre sus centros ópticos una distancia igual a la separación media interpupilar; el instrumento hacía cada vez dos fotografías, que sólo se diferenciaban mínimamente en la perspectiva. Si se observaban ambas fotografías en el estereoscopio, donde sólo se veía una de ellas con cada ojo, se fundían en una única imagen volumétrica que daba una impresión de relieve y realidad asombrosa [15]. Cada una de las fotografías correspondía a la impresión parcial que recibía cada ojo del entorno tridimensional.

En esencia, el sistema básico de funcionamiento de la fotografía estereoscópica es el mismo que para la fotografía en general: se obtiene la impresión de la fotografía por medio de la incidencia de la luz en una emulsión fotosensible y, posteriormente, se revela y se copia sobre un papel o diapositiva. La diferencia estriba en que se realizan dos fotografías y en el método de montaje que ha de ser el más adecuado para la superposición de ambas imágenes. En teoría, el mejor par estereoscópico será aquel que haya sido tomado con objetivos cuyos centros estén a la misma distancia interpupilar, es decir, a unos 65 mm. Sin embargo, esto nos lleva a considerar cúal es el tamaño óptimo de la toma. En un principio, lo corriente era usar placas de vidrio de 9X13 o de 13X18, con lo cual, al colocarlas en el estereoscopio se solapaban si se quería conservar dicha distancia interpupilar entre sus centros, que era la óptima. De ahí que, para solucionar este inconveniente, hubo de colocar unos prismas en los binoculares y dotar al estereoscopio de una forma de pirámide truncada.


Desde luego hoy la cosa ha cambiado, con la incorporación a la fotografía del negativo de formato medio, 120, y en concreto con el formato cuadrado 6X6 (en realidad las dimensiones del cuadro real de la impresión es algo menor) y sobre todo de la cámara que permite utilizar película de formato paso universal.Pero el inusitado interés que despertó la estereoscopía, un procedimiento del que sin duda se puede decir que ha quedado obsoleto, parece estar aparentemente poco relacionado con la línea principal del desarrollo tecnológico de la fotografía. Sin embargo, bajo mi punto de vista, es de gran importancia para entender la dirección que toma la expansión de la fotografía ya que el desarrollo de la estereoscopía supuso un gran avance a la hora de obtener imágenes en movimiento. Pensemos que, para conseguir una doble imagen, la cámara debía estar compuesta por un doble objetivo, con una distancia focal menor y por lo tanto más luminoso (Recordemos que la cantidad de luz que llega a un material sensible dentro de una cámara oscura es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre el plano de la lente –llamado plano nodal cuando se trata de objetivos compuestos por varias lentes– y el plano focal o plano donde se forma la imagen cuando el objeto está situado en el infinito; esta distancia viene expresada ópticamente por la distancia focal). Ello permitía la utilización de velocidades más cortas de exposición posibilitando así la captación del movimiento. Pero además utilizaba la mitad de una placa de 15×18 lo que suponía que las imágenes eran mucho menores de lo acostumbrado por lo que, o bien se utilizaba el estereoscopio, o se debía ampliar el negativo para su observación.Esta circunstancia sin duda colaboró a la popularización del proceso de ampliación que, aunque se conocía desde la aparición de los primeros negativos –en los primeros tiempos se utilizaban ampliadoras solares– no era excesivamente popular, prefiriéndose la copia por contacto[17] . En 1863, La Blanchere escribía en su prestigiosa Encyclopedie las siguientes palabras que son muestra evidente de la consideración de la época hacia la ampliación:

«He aquí el procedimiento de 1853: parece que repetimos el procedimiento americano, tan ensalzado y tan recomendado en 1861, a pesar de la igual imperfección de los resultados. […] Desde esta época, el inventor no daba gran importancia a este procedimiento, debido a que cuando una imagen negativa es ampliada sólo tres o cuatro veces, pierde en nitidez, en detalles, en una parte muy considerable de su valor. Efectivamente, hemos visto sólo una prueba, hecha por M. Bertsch, en la cual los detalles ampliados habían conservado una nitidez suficiente.» [18]

La pérdida en la finura en el detalle, requisito imprescindible para que la prueba obtenida fuese satisfactoria, era el principal problema para aceptar las ampliaciones fotográficas. Pero, con el paso del tiempo, el campo de trabajo de la fotografía parece transformarse, adecuarse a los nuevos tiempos. Así, se escribe:

«La Fotografía ha entendido singularmente su dominio, y encuentra ahora, entre sus adeptos, las tendencias, las aspiraciones más diversas. Era, al comienzo, considerada únicamente como un maravilloso procedimiento de reproducción: ha resultado un instrumento científico; queremos hacer un útil de arte; y por fin, hay que convenir, la consideramos también a veces como un simple pasatiempo.» [19]

Se requería una modificación, un progreso, en el ámbito de la ciencia y la tecnología, es decir en los medios (combinaciones ópticas más perfeccionadas que cubriesen una superficie de negativo grande sin aberraciones, emulsiones de papel fotográfico más sensibles, sistemas de iluminación de la ampliadora mejor distribuidos…) pero también una modificación en las condiciones del problema:

«¿Somos discípulos de los que predican entre nosotros el arte fotográfico? Lo que pedimos más francamente a la ampliación es, por principio, atenuar lo que la fotografía directa puede tener de seco y a veces de un poco mezquino; dar a las imágenes una factura más alta, más carnosa, una perspectiva más satisfactoria. Tenemos como el pintor, nuestro derecho de interpretación, queremos ser maestros de nuestro útil y la ampliación nos proporciona fuentes muy especiales y preciosas; pero la finura se vuelve entonces a menudo una cualidad muy secundaria.» [20]

El estereoscopio acostumbró, por decirlo así, al ojo del observador a una cierta pérdida de nitidez, de finura en el detalle que en combinación con una cámara de formato de negativo mucho menor de lo habitual hasta el momento, un objetivo de gran luminosidad y la posibilidad de ampliación prefiguraban -en cierta medida- la cámara de paso universal.

Alfonso A. de Castro
Barcelona, 1994

Citas y referencias bibliográficas

  • [1] En DUBOIS, P.: El acto fotográfico. De la Representación a la Recepción. Barcelona: Paidós Comunicación, 1986. , p.28. Citando a: Olivier Wendell Holmes: “The Stereoscope and the Stereograph”, en The Atlantic Monthly, nº 3, junio 1859, pp.738-748. También en la antología de NEWHALL, B.: “Selected Readings on the History of Photography.” Exposure, 1980, 120-124. , pp.53-61.
  • [2] vid. WHEATSTONE, C.: “On Some Remarkable, and Hitherto Unobserved, Phenomena of Binocular Vision.” En Philosophical Transactions of the Royal Society of London, 373-374. XI. 1838.

  • [3] Cit. de Wheatstone en NEWHALL, B.: Historia de la fotografía. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, Colección Fotografía, 1983. , p.110.

  • [4] “Contributions” en WADE, N. J., (ed.): Brewster and Wheatstone on Vision. London: Academic Press, 1983.

  • [5] vid. al respecto BORING, E. G.: Sensation and Perception in the History of Experimental Psychology. New York: Appleton-Century-Crofts, 1942. y TURNER, R. S.: “Consensus and Controversy: Helmholtz on the Visual Perception of Space”, en D. CAHAN (ed.): Hermann von Helmholtz and the Foundations of Nineteenth-Century Science. 154-204. Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1993.

  • [6] Vid. CRARY, J.: Techniques of the Observer. Massachusetts: MIT Press, 1990.

  • [7] ibidem. WHEATSTONE

  • [8] ibid. WHEATSTONE

  • [9] cit. en KEIM, J. A.: Historia de la Fotografía. Barcelona: Oikos-Tau, 1971. [1ª ed.: Histoire de la Photographie. P.U.F., Paris, 1970.].

  • [10] Hay que citar aquí los dibujos gemelos conservados en el museo de Lille, que se atribuyeron al florentino Jacopo Chimenti da Empoli (1554-1640). Dichos dibujos repiten la figura de un hombre sentado, con un compás en la mano y no cabe duda de que se trata de unas imágenes estereoscópicas.

  • [11] Las postimágenes o imágenes residuales (positivas o negativas según reproduzcan directa o inversamente las zonas claras y oscuras de una escena iluminada) han sido estudiadas tanto desde el punto de vista de la fisiología, de la física de la visión, etc. como de la cirugía, oftalmología y la moderna neurobiología. En 1934, William Stewart Duke-Elder, cirujano y oftalmólogo, describía así una de las experiencias con postimágenes: “Tan vívida, verdaderamente puede ser la impresión de la postimagen original que la tarjeta parece transparente y hay detalles que no se advirtieron al mirar la luz y que llaman la atención en la postimagen”. Más recientemente, en 1985, Jearl Walker explica sus investigaciones, con ayuda de un flash electrónico de su cámara fotográfica, sobre el fenómeno de las postimágenes positivas, utilizando como objeto de ensayo una revista ilustrada: “Aquella imagen se me presentó con suficiente claridad para distinguir las fotografías y leer los titulares. Veía los caracteres más pequeños, pero no conseguí leerlos” (vid. WALKER, J.: Fantasmas y fenómenos asociados a nuestras postimágenes positivas. Investigación y Ciencia, 1985. , p.90)

  • [12] En 1856, dos años después de su fundación, la London Stereoscopic Company declaró haber vendido alrededor de medio millón de visores. Vid. GERNSHEIM, H. a. A.: The History of Photography from the Camera Obscura to the Beginning of the Modern Era. New York: McGraw Hill, 1969. p.191.

  • [13] Citado por NEWHALL, B.: Historia de la fotografía. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, Colección Fotografía, 1983. , p.114 de BREWSTER, S. D.: The Stereoscope: Its History, Theory and Construction with Application to the Fine and Useful Arts and to Education. London: John Murray, 1856.

  • [14] vid. BREWSTER, S. D.: The Stereoscope: Its History, Theory and Construction with Application to the Fine and Useful Arts and to Education. London: John Murray, 1856.

  • [15] vid. GERNSHEIM, H.: Historia gráfica de la fotografía. Translated by Emma Gifré. Ediciones Omega, 1966. [1ª ed.: A Concise History of Photography. London: Thames & Hudson, 1965.].

  • [16] Recordemos que la cantidad de luz que llega a un material sensible dentro de una cámara oscura es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre el plano de la lente (llamado plano nodal cuando se trata de objetivos compuestos por varias lentes), y el plano focal o plano donde se forma la imagen cuando el objeto está situado en el infinito; esta distancia viene expresada ópticamente por la distancia focal.

  • [17] Aunque se pueden encontrar instrumentos precursores de la ampliadora en el siglo XVII, incluyendo el telescopio de proyección, la cámara oscura, la linterna mágica y, ya en el siglo XVIII el microscopio de proyección. La ampliación fotográfica tal y como se conoce hoy en día es un producto que emerge en el siglo XX, después de un largo proceso de evolución en muchos campos. En éste se sincluyen la aparición de negativos transparentes, de ópticas para ampliación con las aberraciones suficientemente corregidas, una homogeneización de la respuesta a la luz de las emulsiones fotográficas y, en resumen, una tecnología capaz de hacer actuar todas estas características como un sistema, de forma que pueda ser usado con sencillez y seguridad.

  • [18] Cit. en WALLON, E.: “Les agrandissements”, en S. F. d. Photographie (ed.): Conférences publiques sur la photographie théorique et technique. Paris: Société Française de Photographie et du Conservatoire National des Arts et Métiers, 1891-1900. Reprint: Paris: Jean Michel Place, 1985. . La traducción es mía.

  • [19] WALLON, E.: “Les agrandissements”, en S. F. d. Photographie (ed.): Conférences publiques sur la photographie théorique et technique. Paris: Société Française de Photographie et du Conservatoire National des Arts et Métiers, 1891-1900. Reprint: Paris: Jean Michel Place, 1985. La trad. es mía.